martes, 29 de octubre de 2013
ETOY RONCA
Por un camino solitario
iba una negra montada en una burra: trus, trus, trus, trus, cuando de repente
"¡Ay, Jesú!" gritó la negra dando un brinco junto con la burra: de
las chacras vecinas había entrado en el camino un negro montado en un burro. Pero
en seguida la negra se dio cuenta que era su compadre y, abanicándose con la
mano y al mismo tiempo resoplando, le dijo:
-Qué suto mia dao uté, compaire.
-Hola, comairita, cómo etá uté.
Y montados sobre sus animales se fueron juntos por el camino.
-Compaire- dijo más adelante la negra mirando al negro por el rabillo del ojo-, el camino ta solito.
-Ujú- dijo el negro sin mirarla.
Siguieron avanzando y la negra nuevamente habló:
-Compaire, yo le tengo miedo a uté.
-¿Ujú?- dijo el negro, esta vez también sin mirarla.
Al llegar donde el camino trazaba una curva prolongada, la negra volvió a hablar:
-Compaire, uté me quiede tumbá.
Entonces el negro la miró y dijo:
-Comairita, si yo la tumbo en ete camino, ¿uté grita?
-No, compaire, poque hata ronca etoy.
-Qué suto mia dao uté, compaire.
-Hola, comairita, cómo etá uté.
Y montados sobre sus animales se fueron juntos por el camino.
-Compaire- dijo más adelante la negra mirando al negro por el rabillo del ojo-, el camino ta solito.
-Ujú- dijo el negro sin mirarla.
Siguieron avanzando y la negra nuevamente habló:
-Compaire, yo le tengo miedo a uté.
-¿Ujú?- dijo el negro, esta vez también sin mirarla.
Al llegar donde el camino trazaba una curva prolongada, la negra volvió a hablar:
-Compaire, uté me quiede tumbá.
Entonces el negro la miró y dijo:
-Comairita, si yo la tumbo en ete camino, ¿uté grita?
-No, compaire, poque hata ronca etoy.
Antonio Gálvez Ronceros
miércoles, 16 de octubre de 2013
¡MIERA!
Antonio Gálvez Ronceros (1932)
¡Miera!
Tomado de Monólogo para Jutito.
Lluvia editores, Lima, 1986.
Originalmente en Monólogo desde las tinieblas, 1975
Originalmente en Monólogo desde las tinieblas, 1975
En el
camino que lleva al sembrado de camotes el negro don Andrés supo que en los
últimos días el caporal Basaldúa se había puesto a hablar feas cosas de él.
Mientras compraba plantas en el sembrado y llenaba de camotes los serones de su
burro, le dijeron lo mismo. Entonces no aguantó más: trepó al burro de un salto
y enderezó por un atajo hacia la casa del caporal. Pero ahí le dijeron que se
había ido a vigilar unos riegos en la Punta de la Isla y que volvería una
semana después. Sin decir nada pero aguantándose, don Andrés regresó
rápidamente a su casa, se bajó casi arrojándose del burro, lo dejó plantado con
los serones cargados, se metió corriendo en la primera habitación y llamó a su
hija mayor:
—¡Patora!
—los labios se le habían hinchado y parecían pelotas.
Saliendo
de la habitación contigua, Pastora se presentó alarmada.
—Patora,
tú que sabe equirbí, hame una cadta pa mandásela hata la Punta e la Ila a ese
caporá Basadúa, que nueta acá y sia ido pallá depué quiabló mal de mí. Yo te
vua decí qué vas a poné en er papé.
—Ya,
tata, vua traé papé y lápice —dijo la hija. Se metió en los interiores de la
casa y poco después regresó.
—Ponle
ahí, Patora —dijo don Andrés—, que su boca esuna miera, que su diente esota
miera, su palaibra un montón de miera… Miera esa mula que monta. Miera su
epuela. Miera su rebenque. Miera el sombrero con quianda. Miera esa cotumbe e
miera diandá mirando tabajo ajeno… Léemela, Patora, a ve qué fartra.
Cuando la
hija acabó de leer, don Andrés tenía un gesto de duda como si ya no confiara
del todo en sus propias palabras.
—Oye, Patora
—dijo finalmente—, quítale un poco e miera a ese papé.
Antonio Gálvez Ronceros es responsable de la apertura de
una nueva vertiente en la literatura peruana, a partir de una fresca
interpretación del habla popular de raíz afro de su tierra costeña, recoge con
espontaneidad y fluidez sin precedentes, una versión llena de humor y, por
momentos agria de la vida de los campesinos negros chinchanos, quienes en su
propio lenguaje, gracias a las anónimas intervenciones del autor llegan a
insospechados niveles filosóficos.
Que te parece la literatura de Gálvez Ronceros… deja tu comentario…
martes, 15 de octubre de 2013
miércoles, 9 de octubre de 2013
SANDRO BOSSIO
EL
HOMBRE QUE HABLÓ CON LA MUERTE
Desde el primer golpe, el viejo Jonás sintió
inquietud, pero sólo al tercero decidió levantarse. Era como si, en la playa,
alguien se hubiera desbarrancado y, desde un largo rato atrás, no pudiera incorporarse.
Por su penosa enfermedad, bastante trabajo le costaba a Jonás bajar de
la cama, pero, con su último esfuerzo, destapó las mantas y puso un pie en el
piso de madera. Afuera, la noche era una sustancia material, de brea, y había
tanta neblina, que tuvo que alumbrarse con una lamparilla para no darse con
alguna invisible entidad externa. La mar estaba brava y la espuma
efervescía a cada reventazón. En la
cerca de troncos podridos, a un lado de su faro, encontró al caído. Tuvo que
acercarle mucho la luz para descubrir que se trataba de un ser alto y esquelético,
desmazalado por el agua, que compartía
su pantano personal con su revoltijo de erizos y plumas de gaviotas. Jonás lo
ayudó a levantarse y le preguntó quién era. El desconocido le contestó con una
voz de náufrago que era la Muerte.
Entraron
al faro. La puerta se cerró y el clima humeante de la madrugada quedó afuera.
Jonás colgó la lamparilla en un gancho
de carnicero y, aturdido por un repentino
malestar, se sostuvo en una
columna para no caer. Le pidió a la Muerte que se acomodara por ahí. La bruma
seguía metiéndose al cuarto por las rendijas de la puerta, lentamente, como un
gas venenoso. La Muerte cruzó la
habitación: su esbelta silueta encandeció al trasponer el sector de la lamparilla, y su augusto
esqueleto, firme bajo el hábito marrón se posó suavemente en una silleta. Apoyó la guadaña contra la pared. Jonás, en
vez de volver a la cama, se puso a observar la playa a través de la ventana. A un lado, diluida por
la niebla, veía la caleta con sus
lanchas varadas; y al otro extremo, en la cima del acantilado, la baranda roja
de la costanera: la ciudad, silenciosa y dormida, prevalecía contra la cavidad
atmosférica. Después se dirigió a la mesa. En cuanto lo vio acercarse. La
Muerte se despojó de su capucha de franciscano y su cráneo, redondo y azul
quedó brillando entre las sombras. El
viejo lo veía como una radiografía.
Cuando era
joven y se desempeñaba como guardafaros del patronato del pueblo. Jonás había
sido testigo de insólitos acontecimientos. En una ocasión, en medio de una tempestuosa
marejada, vio al barco fantasma del Sir Walter, el Historiador: en otra, en
desfiles de fantásticas medusas y madréporas anaranjadas; luego una lluvia de
aerolitos siderales bombardeando la acuosa llanura del mar. De modo que, al ver
a La Muerte en su mesa, no le costó mucho creer que sólo él tenía acceso a los
secretos del mundo privados a los demás. De tanto haber pensado en la Muerte en
sus desvelos, en sus larguísimas tardes de solitario, ahora casi la encontraba
familiar. Sirvió un poco de agua en su vaso y se la ofreció: una mano de marfil
se alargó con infinita cautela, se materializó a la luz de la lamparilla, dos
huesecillos se cerraron alrededor del vaso con un débil tintineo. Después de un
largo silencio, interrumpido por el fragor del mar. La Muerte habló. Le conto
que estaba bajando por él, pero que no había visto el tendido de los cables
telefónicos y que se había venido abajo enredado en ellos. Jonás le preguntó si
había tenido mucho trabajo. La muerte suspiró. Le dijo que se imaginara con la
cantidad de guerras y suicidios de hoy en día.
-La vida
se ha vuelto una buena mierda –exclamó.
Jonás tuvo
el desolado estupor de no haber escuchado en su vida palabras más sabias que
ésas. Poco antes de que el patronato desautorizara el funcionamiento del faro,
había perdido lo más preciado de la vida. Todavía recordaba estar navegando de
noche, a filo de viento, gritando un nombre de mujer. Recordaba el sofoco, las
lágrimas, el cuerpo flotando boca abajo y, a la distancia, las aspas de luz del
faro, escarlatas, girando en el vacío. Sin empleo, ni familia, el patronato no
tuvo alma para echarlo. Entonces heredó el faro apagado y se dedicó a su
verdadero oficio: el de fabricante de
lentes.
Hacía rato
que Jonás se había levantado y ahora, la cara vuelta hacia su gabinete, se
afanaba en una labor metódica y oculta.
Trabajaba en silencio, concentrado, pedaleando la biseladora como un afilador
de cuchillo. Se oía el choque de unos instrumentos el rasguñar de un diamante,
un borde vidriado puliéndose en la lija. Cuando terminó, devolvió a su sitio
una luneta aplanática y una planchita de vidrio de sosa. La Muerte le dijo que
tenía pendiente otra epidemia en Ruanda, pero él, absorto en la contemplación
de su obra, no le prestó atención. Volvió a la mesa y le entregó unos anteojos
recién terminados. La muerte alzó la cabeza en dos tiempos, sorprendida,
primero para mirar los anteojos y después al viejo. Se calzo la montura,
ajustándola en los huesos temporales, y probó su agudeza. Jonás se anticipó a la
pregunta y le dijo que había medido la dirección de su astigmatismo por la
distancia entre el faro y los cables. La Muerte le agradeció ceremoniosa, y a
cambio prometió concederle un deseo. Jonás lo pensó un momento. Pidió,
sencillamente… que fuera sin dolor. La Muerte afirmó. `` Las miopatías son
dolorosas, le dijo. Pero está vez haremos una excepción´´. Le suplicó que se
acostara. Jonás lo hizo y la propia Muerte le cerró los párpados, dulcemente.
Cuando
despertó se sorprendió de seguir con vida. No sintió más la flojedad de sus
músculos, ni el dolor, ni la fatiga. Descorrió la cortina y vio, afuera, en el nuevo día, las arenas
relumbrando como limaduras de sal. Y ahora no pregunten por qué soy inmortal.
El escritor Sandro Bossio (Huancayo, 1970) se hizo conocido con
su primera novela –El llanto en las tinieblas, Premio BCR 2001– un relato
histórico en el que “se recrea con pasmosa espontaneidad y con seguridad
extrema, léxico y giros expresivos de los siglos XVI y XVII” (Luis Jaime
Cisneros). Diez años después, Bossio nos entrega su esperada segunda novela, La fauna de la noche (San Marcos,
2011), un thriller cuyas acciones se desarrollan tanto en la violenta Lima de
los años noventa como en la del siglo XVI.
El
asesinato de una autoridad universitaria es el misterio que tienen que resolver
Eduardo, joven estudiante de medicina, y su amigo Gustavo, periodista de un
popular diario limeño. El crimen parece estar relacionado con los ritos de una
ancestral sociedad secreta de médicos, y entre los sospechosos se encuentran
profesores y alumnos de la Universidad de San Marcos. Además de manejar con
destreza la trama policial, Bossio va intercalando en su narración la historia
de los fundadores de esa sociedad secreta y las de todos los jóvenes implicados
en el caso, especialmente su agitada vida nocturna: drogas, prostitución,
homosexualidad, etc.
Así,
las casi 400 páginas de la novela se convierten en un amplio retrato de la
sociedad limeña de fines del siglo pasado. Pero es un retrato demasiado cargado
truculencias y estereotipos (militares homofóbicos, señoronas prejuiciosas) y
en el que la reproducción “fotográfica” del habla de los jóvenes llega a
ciertos excesos. No obstante, La fauna de la noche es un policial original y
ambicioso que confirma a Sandro Bossio como un narrador de interés.
SANDRO BOSSIO ES UN
EXCELENTE ESCRITOR REGIONAL ¿LEISTE ALGÚN CUENTO O NOVELA DE ÉL? ¿QUÉ TE
PARECIÓ?
DEJA TU COMENTARIO…
sábado, 5 de octubre de 2013
viernes, 4 de octubre de 2013
MALDITA SEA… SE EQUIVOCARON…
Hay golpes en la vida tan fuertes… Yo no sé! Inmortal verso del egregio poeta peruano César
Vallejo Mendoza que connota las adversidades y sufrimientos propios del ser
humano, esos golpes que sufrimos cuando el terrorismo se extendía en el Perú,
principalmente en la región central, allá por las décadas del 80 y 90, la Universidad
Nacional del Centro del Perú fue escenario de cruentos conflictos políticos,
sociales e ideológicos. ¿Quién no recuerda a nuestra Alma Máter embanderada,
con pintas subversivas e incursiones militares? Cuando los grupos terroristas (Sendero
Luminoso, Movimiento Revolucionario
Túpac Amaru y el grupo armado Rodrigo Franco) arremetían en toda la región
central del Perú, con el fin de tomar el poder, introduciendo su ideología
extremista y captando adeptos en nuestra Universidad, aquellas personas que pasamos por esos claustros
universitarios estoy seguro que rememorarán aquellas décadas de rebelión e insurgencia.
En ese contexto, el huancaíno Luis Alberto
Salvatierra Rodríguez ex alumno de nuestra
Primera Casa Superior de Estudios quien vivió en carne propia esas
décadas difíciles, rinde homenaje a muchos de sus compañeros estudiantes desaparecidos
y asesinados injustamente tanto por los
extremistas y por los militares a través de una novela corta, titulada: “Maldita
sea… se equivocaron…” que recibió Mención Especial en la Casa de
América Latina de París.
El autor se adentra en pasajes de la vida
universitaria, en esa etapa peligrosa, conoce a nuevos compañeros con diversas
costumbres y vivencias; nos muestra la compleja idiosincrasia y modos de vida
lleno de problemas económicos y sociales en medio del desarrollo intelectual,
nace el compañerismo y la solidaridad, las confrontaciones y el odio, el
sacrificio, el sufrimiento y la pasión traducida en el verdadero amor. Introduce
de capítulo en capítulo, entre risas y tristezas, entre fracasos y triunfos, en
un sinfín de historias entrelazadas que buscan
siempre un motivo de vida, y cómo en el devenir del tiempo los personajes principales caen en desgracia
sin ser culpables. Nos topamos con la desesperanza y al no encontrar los
motivos de nuestra caída, buscamos un culpable o simplemente culpamos al
destino de nuestra sola y propia equivocación.
“Maldita sea… se equivocaron…” es una historia que retrata a Gerardo Ruíz,
“limeño” ex militar, con problemas familiares y económicos llega a Huancayo, la
gran urbe cosmopolita que está convulsionada por las hordas senderistas y
emerretistas, donde conoce a sus compañeros “los serranos” en la universidad, y
donde aprende que la vida lejos de la gran capital es muy diferente y que los
amigos se consiguen cuando te dan la mano en los momentos difíciles.
También, expresa pasajes de su vida en los claustros
universitarios, cuando el temor de las
amenazas, de las explosiones y balas, y el encuentro de nuevas personas lo
hacen cambiar y saber que sólo el amor, el conocimiento, la fuerza, la valentía
y la verdad pueden ser motivos suficientes para encontrar la felicidad. Entre
el relato de algunas costumbres de Huancavelica, Huancayo, Tarma, La Merced y
otros lugares de la región central, el autor desarrolla diversos temas sociales
y económicos que devienen del problema político vivido en esos años, de cómo la
verdadera amistad perdura pese a los hechos de errados seres humanos; la novela
nos transporta a soñar con la música de
Blades y Varela que nos invita a meditar en cada acto de nuestra vida y saber
que los triunfos o fracasos pese a la adversidad dependen de nosotros mismos,
sin temor a equivocarnos.
El autor, Luis Alberto Salvatierra Rodríguez,
presentó su novela en el Concurso Internacional Juan Rulfo 2006 promovido por
RFI – Instituto de México en París – Instituto Cervantes – Casa de América Latina
– Unión Latina –Colegio de España en París y Le Monde Diplomatique (España).
Compitió con otras 585 novelas cortas procedentes de América Latina, España,
Francia, Estados Unidos y otros países.
Tenemos muchas razones de mostrar el pecho henchido
de orgullo: Machu Picchu resultó elegida como una de las Siete
Maravillas del Mundo Moderno, Vargas Llosa, recibió el máximo galardón: el Premio
Nobel de Literatura, nuestra variada gastronomía reconocida y apreciada a nivel
mundial y este prolijo y bisoño escritor huancaíno que se perfila a estar en la
palestra de los grandes y por supuesto discípulo de la Universidad Nacional del
Centro del Perú orgullo regional.
Lic. GUSTAVO ANCALLE SALINAS
Lic. GUSTAVO ANCALLE SALINAS
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
